De rodillas ante Iribertegui

Por el Enero 30, 2017 en Actualidad Bellezas Habitables, BLOG
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Una razón primera de este contemplador postrado ante la obra de Miguel: era un visitante alto como un jugador de basket. Era y es además un voluntario que trabaja solidariamente en República Dominicana por amor al arte. Ágil, resuelto, disponible siempre. Y una tercera y principal razón: las esculturas de Miguel exigen para ser disfrutadas en plenitud una mirada que se parece más a un escaneo que una visión convencional. Hay que deslizar los ojos por cada poro del bronce y te encuentras entonces con pliegues insólitos, con adornos insospechados en los bordes del vestido, en la forma de los pies y las manos, en cada gesto, en el peinado, en los complementos (bolsos, cinturones, gorras, bufandas). No sé. Ante uno de los grupos trabados de Iribertegui,–pescadores, rockeros, aluches,gente…— parece como si hubieran concurrido de pronto a aportar diseño   los mismísimos Lagerfeld, Valentino, Dolce e Gabanna, en fin…

Así que el visitante tenía razón en sus reivindicaciones: deben ser más altas las peanas, debe haber más espacio libre alrededor de las esculturas.

Sin embargo también es cierto que algunos de los visitantes, en el anonimato más admirable, se arrodillan con disimulo no solo para ver, sino también para rezar, movilizados en su interior por una pasión religiosa que le provoca la obra. Me lo han confesado.

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