Historia del mosaico V: el origen del cristianismo

Por el Septiembre 23, 2016 en BLOG, Historia del mosaico
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Los mosaistas paleocristianos del siglo IV después de Cristo continuaron esta tradición plástica de la decoración en mosaicos. La primera vez que se utiliza el mosaico parietal se encuentra en la catacumba de Domitila, donde trabajó un equipo de mosaistas para decorar algunos arcosolios de las zonas más nobles, con gran sentido de composición muralista. A partir del año 313, con la paz de Constantino el Grande y el papa Silvestre (314-335) se constituyen en grandes impulsores de la nueva arquitectura basilical cristiana y decoración musivaria.

Así lo documenta la fuente histórica del Liber Pontificalis. Los mosaistas cristianos se arriesgan a embellecer las vastas superficies de las basílicas con mosaicos parietales y pavimentales, adquiriendo un sorprendente desarrollo. Es el caso de las basílicas de Santa Pudenciana (400), Santa María la Mayor (432-440), Santa Sabina (425), y el mausoleo de Constanza (337-350). Este mausoleo añade dificultad arquitectónica. Las estructuras curvadas de los ábsides y la bóveda semi-anular de medio punto presentan dificultades materiales diferentes a las superficies planas. Fuera de Roma y dentro de la romanización cristiana de Hispania merece recordar el importante mosaico de la cúpula del mausoleo de Centcelles, en Tarragona (1 a mitad del siglo IV).

Tras la caída de Roma

Con el fin del Imperio Romano, toma el testigo de la cultura musivaria el estilo bizantino. El nuevo estilo con sus dos capitales, de Oriente en Constantinopla, y de Occidente en Rávena se emprende el gran desarrollo y difusión del arte mosaístico. A partir de este momento al mosaico se le inyecta una misión más tectónica, no sólo será elemento de adorno, sino que se le dimensiona como parte integrante de la misma arquitectura. La decoración no se limita a zonas limitadas, sino que van a cubrir materialmente todo el espacio arquitectónico, a modo de inmensas alfombras.

Los talleres de Rávena y Constantinopla despliegan una actividad sorprendente. Sus mosaistas captaron el nuevo sentido plástico que debe cumplir culturalmente en los espacios de las basílicas bizantinas. Lo explayan y perpetúan en el mausoleo de Gala Placida (430), en la basílica de san Vital (546-548), san Apolinar Nuevo (mitad del siglo VI), san Apolinar in Classe todos en Rávena (549) y la catedral de Santa Sofía, de Constantinopla. Introducen dentro de la gama multicolor la tesela de oro, para cubrir aureolas y amplios paramentos, espacios dorados (cúpulas) con el fin de desmaterializar y destruir la corporeidad de los muros, fundir más estrechamente la arquitectura con la decoración, descomponiendo las estructuras y dando mayor amplitud al volumen espacial. Las nuevas conquistas técnicas se prolongan desde Rávena, capital del Adriático, a toda la península itálica. En la Ciudad Eterna muy pronto se acusa  Ia “maniera griega” de trabajar el mosaico. Los artistas proyectan sus mosaicos parietales sobre las basílicas de san Lorenzo extra muros (579-590), Santa Inés (625), la capilla de San Xenón en santa Práxedes (820) y Santa Cecilia en Trastevere (siglo IX). Desde Constantinopla, capital del Oriente bizantino se difunde esta técnica llegando a Grecia y las islas del mar Egeo. No hay iglesia bizantina que no haya sido tapizada de mosaicos. La querella de las imágenes con motivo de la herejía iconoclasta supuso un duro golpe a la iconografía musiva.

El II Concilio ecuménico de Nicea del año 787 promulgaba con fuerza, la tradición de las imágenes en las basílicas contra los detractores de aquellas. La persecución iconoclasta de Oriente provoca la emigración de mosaistas a Occidente, por lo que el movimiento bizantinista del mosaico se alarga geográficamente. Comienza en las orillas del mar Adriático en torno a la ciudad de Venecia y sus alrededores como Murano, Parenzo, Torcello, Istria… que cubrian paramentos basilicales con una iconografía encantadora, llena de policromía y de imaginación orientalista. En la iglesia de san Marcos de Venecia dejaron uno de los mantos musivos mas bellos. Los artistas descienden hacia Italia central, siendo Roma la ciudad que sirve de puente para los mosaistas orientales que dejan muestras de su virtuosismo en las basílicas de santa María in Dómnica (824), santa Práxedes (siglo IX), santa María in Navicella, san Teodoro (mitad del siglo VI), santa María in Cósmedin y santa María in Trastévere (siglo IX). Los artistas desembarcan en Sicilia, en donde dejan muestras musivas de una técnica más depurada y preciosista, como la catedral de Monreale, capilla Palatina de Palermo y Cefalú.

Esta publicación es un extracto del artículo Historia del Mosaico escrito por el artista Domingo Iturgaiz, uno de los participantes de la muestra Bellezas Habitables.

Continuará en breve con el capítulo:

Historia del mosaico y VI: la Edad Media

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