Crónica de cierre de la exposición de Valladolid

Por el Mayo 2, 2017 en BLOG
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El reloj ha marcado las doce horas, el cierre del día, en el día del cierre de la exposición “Belleza habitables”. He contemplado el desmantelamiento del paisaje plástico y sonoro que ha sido durante tiempo nuestra exposición (y casi nuestra vida). Una sesión de estas es un curso inesperado de teología, una catequesis dura, rápida y extraordinariamente persuasiva.

Cientos de horas, cientos de kilómetros, sesiones de tiempos lentos y largos contra la impiedad de las gusanas d Pamplona. Idas, venidas, conversaciones, folios, planos, fotos, rezos, lupes, mecnas, bildus. Un amasijo nervioso de ruegos, deseos, planes, sueños fue adquiriendo, al fin, figura como en los lejanos días del Génesis e hicimos e izamos un universo estético, una casa de acogida, un ámbito de auxilio social del espíritu, un aparcamiento de penas y sombras. Y las voces claras, hondas, educadas y creativas de Domingo y de Miguel se enseñorearon del Condestable y, a renglón seguido, del palacio de las Cortes de Castilla y León.

Miguel Iribertegui músico de armonías ignotas y Domingo Iturgaiz con espirituales destrezas sobre cantos (esta vez rodados) se han dejado oir, tocar y ver. Una población flotante, heterogénea, sedienta, buscadora de trascendencias olvidadas, una multitud desarrapada, casi sobrenatural, como en las jornadas del evangelio, se han convertido en seguidores. Y estos dos tipos, mesías improvisados, han curado miradas, han abierto oídos cerrados, han predicado la buena nueva de la estética, han hecho por fin la belleza habitable, contra la intemperie hostil de hacienda, de la familia, de la televisión, del tráfico (de todos los tráficos incluido el de influencias y el de las multas municipales).

Si pudiéramos hacer un relato, una ficción inocente y entrañable, diríamos que allá en las inmediaciones de la navidad de 2016, San Miguel Iribertegui y San Domingo Iturgaiz, en alguna comarca concreta de los cielos donde habitan, recibieron una notificación divina no esperada, un fax de nube y luz, un telegrama sobre plumas de querubines, con un mensaje seco, casi una orden:

–Podéis bajar, os esperan en el Condestable y tendréis una segunda parte en Valladolid, en la sede de Las Cortes de Castilla y León. He preparado dietas y seguros. Dios.

El resto ya lo sabéis: ocuparon televisiones públicas y privadas, se hicieron oir en todas las radios y sus rostros y nombres emergieron de la celulosa muda de los periódicos y revistas. Y, sobre todo, un rio de gente, una población viva de más de siete mil habitantes han accedido físicamente a su vera, a sus peanas, a los muros donde estaban expuestos. Sumado todo, interconectado todo, se convierte esto en una masa de comunicación sin lindes, en una atmósfera, en una burbuja expansiva en la que hemos vivido y comunicado como marcianos en este tiempo extraño.

Hemos sido afortunados obreros de esta tarea y debemos agradecer a los cielos este designio inesperado e inmerecido en el que hemos braceado durante casi cuatro meses.

Los ángeles de Iribertegui, excelentes conductores de caravanas siderales les habrán retornado a sus comarcas respectivas y a estas horas estarán cambiando impresiones con más gente del arte y presentando los justificantes de gastos contra las celestes dietas de que fueron objeto al serles asignada esta misión que ha concluido esta tarde del día 20 de abril en el descomunal vestíbulo de las Cortes.

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